Aprendiendo a convivir

No había dormido. Era media mañana y acaba de llegar al que sería su colegio. Aquella vez había tenido suerte, la había tocado cerca de casa. Aún así, los nervios eran los de siempre. La incertidumbre de no saber en qué lugar iba a trabajar durante ese curso la estaban matando. Ya pronto, esa intranquilidad la abandonaría, al menos, durante unos meses.

Quien lea esto reconocerá en esas líneas a tantos profesores interinos que viven cada año esa experiencia. Con  mucha suerte, una sola vez por curso.

El año pasado, tras haber vivido yo también esa situación, llegué al colegio que había “elegido”. Nada más aterrizar, entre toda la información que recibí, hubo una en concreto que no se me iba de la cabeza durante los primeros días: “Tienes un grupo que está muy desmotivado. Haz lo posible por motivarlos”.

Eran muchas las ideas, pero ninguna terminaba de convencerme.Decidí no precipitarme y antes de estructurar alguna de ellas, quería conocer bien a los que serían “mis niños”. Pronto detecté uno de los aspectos más tóxicos del grupo,  suele estar presente en las aulas, aunque no con tanto carácter. Era el hecho de que  estaban muy pendientes los unos de los otros, de forma acusadora, y rápidamente señalaban los errores de los demás buscando un castigo ejemplificador.

A partir de ahí  fui tejiendo el que sería mi plan de acción. En primer lugar, quise crear un contrato de convivencia. El contrato de aula, como lo llamaríamos, estaría formado por una serie de normas establecidas entre todos los alumnos. El día que lo pusimos en marcha, empezamos a hacer una lluvia de ideas de cuáles serían esas normas, pronto iríamos unificando muchas de ellas y por último, yo las redacté en lenguaje positivo, todas las que habían dicho ellos empezaban por la palabra NO, cosa que a mí no me gustaba nada.

Después, todos estuvimos de acuerdo en que si tanto las normas eran cumplidas como si se incumplían, deberían tener una serie de consecuencias.Estas consecuencias también las establecieron ellos. Por ejemplo, si se cumplían como consecuencia podrían tener un diploma, un vale para no hacer los deberes un día… y si se incumplían, las consecuencias podrían ser las de rellenar una ficha de reflexión sobre el propio comportamiento.

Redacté esas normas en forma de contrato. Cada uno se llevó a casa  su copia para que sus familias la vieran. Era un contrato  firmado por ellos y por mí.

Para poder comprobar el cumplimiento del contrato, pusimos en clase una tabla de comportamiento en la que se relacionaba todas las normas de aula con cada alumno, así podríamos señalar en cualquier momento el incumplimiento de alguna de ellas. Ahora lo pienso, y creo que le daría la vuelta, señalaría a quien cumpliera las normas. Al cabo de quince días, se hacía recuento y se establecían las consecuencias.

Os adjunto el contrato de aula, la ficha de reflexión y la tabla de comportamiento:

Por último necesitaba dotar a todos los niños de una responsabilidad, quería que cada uno estuviera implicado con el grupo. Por eso organicé la clase por roles. Los roles eran rotativos, también cada quince días. Había algunos que sólo lo tenía un único alumno (por ejemplo el policía o el abogado), otros estaban repartidos entre varios (responsable del silencio, orden…), de tal forma que todos tenían siempre alguna responsabilidad.

El más representativo fue el abogado. Fue una figura clave para permitir el avance como grupo. El abogado recibía quejas de sus compañeros, e intentaba mediar, proponer soluciones. Las estrategias que daba a los que tuvieron ese rol eran básicamente que intentarán siempre escuchar a las dos partes afectadas; pedirles a cada una de ellas cuál sería la mejor solución para el conflicto en cuestión y ponerlo en marcha. En ocasiones una de las partes no quería solucionarlo. Entonces le concedíamos un tiempo determinado, para que se calmara y lo reflexionara. Siempre funcionaba, y terminaba acudiendo a solucionar el conflicto cuando ya estaba más tranquilo o tranquila. Este aspecto en concreto fue todo un éxito, y los chicos cada vez eran más autónomos para encontrar soluciones. El hecho de que la convivencia en el aula era cada vez mejor, también ayudo mucho, pues había muchos menos conflictos. Aquí os dejo un enlace para que veáis cuáles eran los roles que teníamos en clase:

Con esto la clase empezó a tener un buen clima de trabajo. Lógicamente no quedó en eso. Esto permitió una buena base para trabajar dos proyectos. Uno era el de la Autoestima, y otro el de la Empatía. Que pronto espero poder compartir con vosotros.

Todas estas actividades son adaptaciones mías de ideas originales que suelo encontrar en libros, blogs… En concreto estas las encontré en el libro “Aulas muy creativas” de Michelle Scavo y en “La nueva educación” de César Bona.

Espero que en algún momento os sirvan como lo hicieron conmigo.

Las personas se olvidan de lo que dices,
también se olvidan de lo que haces,
pero nunca se olvidan de cómo las haces sentirse.
Maya Angelou.

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3 comentarios sobre “Aprendiendo a convivir

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